Polonia se despide del cardenal Glemp, figura clave de la transición del comunismo a la democracia

Piotr Kowalski-Varsovia

El cardenal Józef Glemp (en la foto), que falleció hace unos días, fue un personaje clave en la transición de Polonia del régimen comunista a la democracia parlamentaria

Polonia enterró este pasado fin de semana al cardenal Józef Glemp, que fue primado y presidente de la Conferencia Episcopal de este país entre 1981 y 2004 y uno de los hombres clave de la transición polaca del régimen comunista a la democracia parlamentaria. Glemp, que murió a los 83 años de un cáncer de pulmón en un hospital de Varsovia la semana pasada, no es quizá una figura tan conocida como el cardenal Stefan Wyszynski, el Papa  Juan Pablo II, el general golpista Wojciech Jaruzelski o el líder sindical Lech Walesa, pero desempeñó un papel muy importante, decisivo incluso, en esos años difíciles e inciertos en que Polonia abandonaba poco a poco el socialismo real y abría la puerta del capitalismo y de la democracia. Glemp, al que los sectores más ultraconservadores de la poderosa Iglesia católica polaca siempre consideraron como demasiado moderado frente a la dictadura comunista, lideró esta institución en los delicados años ochenta del siglo pasado. Lo hizo con mano izquierda y supo aguantar el tipo ante las presiones que recibió de la URSS pero también de Occidente. Ni Ronald Reagan ni Leónidas Breznev consiguieron doblegar al monseñor polaco. Él tenía claro que el país debía evitar a toda costa la violencia en los cambios políticos que se avecinaban, y pensó que había que dialogar con el régimen para evitar un baño de sangre y conseguir una transformación pacífica de la situación. Glemp se hizo cargo de la Iglesia católica polaca  a la muerte del cardenal Wyszynski y pocos años después de que el Vaticano tuviera al frente a su compatriota Juan Pablo II.  El Sumo Pontífice selló un pacto anticomunista con Reagan que contribuyó decisivamente a la caída del socialismo real en media Europa. Glemp no estaba en contra de esta estrategia, pero no era tan radical en su rechazo al comunismo e intentó no romper los puentes con el régimen en Polonia. El cardenal Glemp era partidario de  una política más serena, menos agresiva y de reconciliación en Polonia y sin enfrentamiento directo con el general Jaruzelski

Hombre de diálogo 

En este sentido, contribuyó decisivamente a que la transición en Polonia fuera pacífica y negociada entre el poder comunista y la oposición.  “Las voces de la sensatez y la razón no eran numerosas entonces”, escribió en 1981 uno de los líderes de la izquierda del sindicato Solidaridad,  el periodista Adam Michnik. Józef Glemp y Lech Walesa no se llevaban bien en aquellos años, y cuando el golpe de Estado de Jaruzelski, en diciembre de 1981, el primado de Polonia fue muy criticado por algunos sectores radicales de la oposición.  “Recibimos con dolor el cese del diálogo, pero no hay nada de mayor valor que la vida humana. Voy a suplicar, aun si tengo que hacerlo de rodillas: no inicien una guerra de polacos contra polacos”, dijo Glemp en la iglesia jesuita de María, patrona de Varsovia, después de que la ley marcial fuera declarada por Jaruzelski. Los acontecimientos posteriores al autogolpe del poder jugaron a favor de Glemp y de los moderados. Poco a poco el régimen comunista se dio cuenta que estaba en un callejón sin salida y se mostró dispuesto a negociar con la oposición una solución pacífica que desembocó en las elecciones semi-libres de junio de 1989.

 Hijo de minero

El difunto prelado era hijo de un minero que participó en la insurrección polaca de 1918 y 1919. Se vio en la obligación de trabajar en una granja alemana durante la ocupación nazi de Polonia, en la Segunda Guerra Mundial. Después inició  sus estudios religiosos, que continuó en Roma hasta 1964. A su regreso a Polonia se convirtió en un estrecho colaborador del rebelde cardenal  Wyszynski, que le nombró obispo de Warmia. Cuando falleció Wyszynski, Glemp ocupó la función  de primado de Polonia. Benedicto XVI expresó su pesar por el fallecimiento de Glemp, a quien definió como un “hombre justo” que guió la Iglesia en una época difíicl, y aseguró  que “fue un apóstol de la unidad contra la división, de la concordia frente al enfrentamiento, de la construcción común de un futuro feliz sobre la base de las experiencias pasadas, gozosas y dolorosas, de la Iglesia y del pueblo”.