¿Cómo se puede cambiar el curso de la globalización ?

Emmanuel –Juste Duits

El filósofo francés Emmanuel-Juste Duits analiza en este artículo los cambios que ha experimentado el mundo en las últimas décadas y plantea que los ciudadanos pueden intervenir para cambiar el curso de la globalización

Quisiera volver hacia atrás: el mundo de antes de la globalización, el de los años 60, era un mundo cerrado. Era poco probable que un francés promedio se encontrara con un camboyano, con un maliense o con un japonés; desconocía el islam, el budismo o el chamanismo, y sólo podía elegir ser católico o ateo; el cuscús parecía un plato exótico y se tenía que acudir a un restaurante de lujo de la capital para comer japonés o tibetano. Las vacaciones eran estereotipadas (mar y playa), solo había un canal de télévisión… En Francia, a partir de los años 1980, todo se abrió. La globalización llevó un ideal, él de un mundo sin prejuicios, aboliendo la rigidez provincial del viejo continente, sus rituales, sus códigos mezquinos. El « Otro » iba a salvarnos del aburrimiento, del adormecimiento de los pueblos y del tono gris de las grandes ciudades. Abolición de las fronteras mentales, de los nacionalismos anticuados, de los conflictos pasados, esas eran nuestras esperanzas más o menos explícitas. Había un deseo detrás de la globalización, tal vez también una dimensión erótica y amorosa del descubrimiento de otros seres, de otras caras. Hasta en una ciudad media, surgían mil posibilidades: uno podía practicar el zen o el baile africano, inscribirse a una clase de aïkido, ver películas coreanas, escuchar sitar o oud. Lujo impensable algunos años más temprano, el numéro impresionante de experiencias y de sabores al alcance de todos. La globalización llevó un sentido. Iba a acabar con los miedos, con el racismo y con la desconfianza milenaria. Iba a favorecer la emergencia de individuos mestizos espirituales, sacando lo mejor de cada cultura. Hoy en día, esos ideales han sido olvidados. La palabra « globalización » se convirtió en un sinónimo de un proceso puramente económico, la aceleración del comercio internacional. El sueño cosmopolítico experimenta un rechazo colectivo. Uno puede comer en un fast-food japonés o en el restaurante kebab de la esquina, escuchar músicas del mundo en un centro commercial, encontrar a una muchacha que lleva un hiyab y un par de zapatillas nike. En Francia, en los Países Bajos, el aumento de las tensiones comunitarias no da a esos encuentros ganas de conocerse más, la curiosidad pertenece al pasado; las personas diferentes conviven en una clase de apatía, hasta evitan mirarse a los ojos, con algo de desconfianza. En dos décadas, la globalización se invertió, y de promesa ¡pasó a ser problema! Como lo demuestra este breve histórico, ¡ya he visto cambiar el curso de la globalización delante de mis ojos! No pretendo modificarla en su aspecto de proceso económico. Como lo pueden ver ustedes, prefiero enfocarla desde el punto de vista cultural. Creo que es posible volver a encontrar un sentido a esta globalización, que la podemos convertir en un esbozo de una « civilización planetaria ». Para eso, sería interesante restablecer el ideal de los años 80.

La faceta superficial del cosmopolitismo

Sin embargo, hay que admitir que el cosmopolitismo ténia una faceta superficial, aunque, para algunos, tuvo un impacto más serio. Estoy haciendo referencia a esos occidentales ávidos de sentido, que padecían del vacío espiritual de un mundo desencantado y que decidieron dedicarse al budismo, al sufismo, al cristianismo oriental, por muy exigente que sea el camino. Me refiero también a esos pioneros de la ecología que se propusieron salir de las opciones políticas clásicas para abrir nuevos caminos, y interesarse por pensadores minoritarios (René Dumont, Jacques Ellul, Ivan Illitch…), ignorados por los medios de comunicación principales y por las instituciones oficiales. Bajo mi punto de vista, el interés por las otras culturas y los otros modos de vida, por los modos de pensar distintos o marginales, puede y debe ser un comportamiento alejado del simple consumo cultural. Lo motiva una búsqueda existencial pero también política. Se trata de aprender a encontrar respuestas inéditas a nuestras preguntas y a nuestros problemas ¡sabiendo que se pueden encontrar en las cuatro esquinas del mundo! También se trata de aceptar escuchar lo que algunos marginales o algunos « iluminados » tienen que decir. Esta conminación es tanto más pertinente hoy quanto que uno se entera de que las « personas serias », los banqueros, los expertos nucleares, los responsables de Salud Pública, no supieron evitar catástrofes (me refiero a los différentes escándalos sanitarios en Francia o en otras partes, a los problemas en torno a la energía nuclear, a las convulsiones financieras… Todos esos elementos convergen y hacen que tomemos conciencia de cierta « fragilidad » de las valoraciones oficiales). Hoy, ante la crisis ecológica y económica, necesitamos descubrir la muestra de soluciones más amplia posible. El comportamiento cosmopolítico de búsqueda desenfrenada no es un lujo de niños consentidos, sino una necesidad para sobrevivir. Miren lo que pasa en América del Sur; durante la reciente crisis, algunas regiones establecieron monedas locales, creadas por la gente misma y que le permitió seguir con el negocio. En algunos países árabes, conocemos desde hace mucho tiempo la existencia de métodos de agricultura que requieren poca agua. En ciertos países de África o de Ásia, existe una cienca de las plantas medicinales impresionante. Aquí, me gustaría ampliar el tema de la globalización. ¿Qué es, realmente, esta globalización desde el interior? Es ser capaz de cambiar de gafas, de entrar en otros universos, en otras visiones del mundo. En el comportamiento que defiendo, se trata de interesarse por las distintas culturas con sus ciencias, sus prácticas, etc, pero se trata también de encontrarnos con nuestros adversarios, los que ponen nuestras decisiones en tela de juicio. Este aspecto no es fácil de sobrellevar. La amplitud de miras y la curiosidad intensa conllevan problemas; desestabilizan y enfrentan a uno a lo que los sicólogos llaman « disonancias cognitivas ». Nuestras creencias, nuestras certidumbres, van a encontrar hechos y argumentos que los contradicen. Al conocer a ateos, el creyente estará desestabilizado; pasará lo mismo con el racionalista que descubrirá, a lo mejor, ¡los límites de su vision cientista y endurecida del universo! Lo mismo para los creyentes de izquierdas y de derechas. Entonces, el individuo se encuentra atrapado en la trampa de la complejidad; descubre una multitud de ideas, enfoques, religiones, terapias, artes, relaciones al mundo… Mientrás que el hombre de antes tenía que elegir entre catolicismo y ateismo, derecha y izquierda, el hombre de la civilización planetaria puede elegir entre una decena de grandes religiones y opciones políticas creíbles, puede découvrir unas cien terapias, y sucede lo mismo en cada campo que le interese. Se marea y tiene ganas de refugiarse en ámbitos que conoce. La complejidad crea una necesidad de simplifcar, de volver hacia alternativas claras y limitadas. Entonces, se plantea la pregunta siguiente: ¿qué método poner en práctica para dominar la complejidad? ¿Cómo ser curioso y abierto sin perderse? Es uno de los temas de mis dos libros, el primero « El hombre red » ¡hasta proponía fichas para establecer un modelo de comportamiento! Estoy aquí en una perspectiva similar a la de Habermas, pero teniendo en cuenta las nuevas herramientas

El Fin de la Historia

Después de la Guerra Fría, pensábamos que habíamos entrado en “el fin de la Historia”. Los conflictos mayores iban a apaciguarse y, con el desarollo industrial así como científico, parecía que el sueño de un mundo más humano estaba a punto de realizarse. El sueño se derrumbó bajo los golpes de la crisis económica, del aumento de las tensiones geopolíticas, sin olvidar que una parte de la humanidad sigue viviendo en una miseria intolerable. ¿Qué está pasando? Quisiera ir más allá del balance a corto plazo, para tratar de pensar en la causa profunda del mal. Me parece que la humanidad está hundida en una paradoja extraña. Todavía tenemos bastantes recursos naturales y medios tecnológicos para que 10 mil millones de seres humanos vivan en condiciones soportables, hasta relativamente decentes. Y sin embargo, la realidad es muy distinta. El problema no yace en las cosas mismas, en las fuerzas de la naturaleza, en los tsunamis o en las sequías (aunque esos factores siguen teniendo importancia) sino en nosotros mismos. Somos colectivamente responsables del sufrimiento del planeta, sufrimiento del que sería materialmente posible liberarse.

Hay, creo yo, tres grandes interpretaciones del desamparo humano: ya sea suponemos que algunos (los que dominan, los capitalistas, los explotadores, etc.) acaparan las riquezas y tienen un interés en prolongar, lo más que puedan, esta situación de desigualdad y de desgracia; ya sea consideramos, como Sócrates, que « nadie peca voluntariamente » y que la ignorancia es lo que lleva a los hombres a tomar malas decisiones y que les impide organizarse de manera apropiada. En el primer caso, bastaría con eliminar a los « malos » para que todo se resolviera. No lo creo. Desde hace siglos, intentan eliminar a los que dominan, y sin embargo no se impone la felicidad. En el segundo caso, será por medio de una suerte de trabajo colectivo y tomando el propio destino por las riendas, sin luchar contra los otros sino buscando con los otros, que encontraremos soluciones a nuestros problemas. Para eso, habrá que elevar el nivel de educación y crear estructuras de diálogo, en el marco de las que distintos enfoques puedan confrontarse. Yo creo que es posible: a través de debates metódicos, abordar los grandes problemas, comparar las soluciones propuestas, y obtener grandes consensos para su puesta en práctica. Propuse en mi libro un camino práctico para llevar a caboun proyecto como éste.

Pero queda un núcleo enigmático, una tercera manera de explicar la desgracia omnipresente de los hombres. Se trata de las fuerzas oscuras que nos encadenan. En « El Discurso sobre la Servidumbre voluntaria », La Boétie se pregunta por qué los hombres se dejan someter a la tiranía. Entonces, ¿cuál es la fuerza oscura que está presente en cada hombre, en nosotros mismos, para que aceptemos la servidumbre? La Boétie afirma que en el sistema de relaciones de poder generalizado, cada uno saca provecho, de alguna forma, de la situación. Si bien me domina mi superior, me toca dominar a quien se encuentra en un puesto de trabajo inferior al mío. El proletario obedece a su pequeño jefe, y vuelve a casa y domina a su mujer o a su hijo. Cada uno, aun al nivel más bajo, participa más o menos en ese oscuro goce del ejercicio del poder, cada uno es opresor y oprimido al mismo tiempo. Y cuando se derrumba un sistema de dominación, generalmente otro lo sustituye. Es esta dimensión de irracional, e incluso, para algunos, de goce perverso de su propia desgracia, lo que ignoran en los programmas binarios, que dividen el mundo en clases de opresores y oprimidos.

Globalización mercantil

Me parece que la globalización mercantil suscita dos reacciones: la primera, es la aceptación más o menos resignada (o feliz) del modo de vida capitalista, el individuo sometiéndose a las leyes del mercado, trabajando duro y, después, consumiendo para aguantar su aburrimiento y olvidar su cansancio. Son las compras, el cine, las vacaciones, sucediendo a un ritmo infernal y a relaciones de trabajo deshumanizadas. La segunda, es el rechazo más o menos abierto del mundo neoliberal, que está cobrando, en este momento, formas tradicionales. El individuo siente cierta nostalgia de un antiguo orden, que le parece más humano y armonioso que la globalización. Piensa en el pueblo, en la religión, en la familia, quiere fronteras y protecciones. Esas dos reacciones llevan, entonces, a dos tipos de individuos, cada uno teniendo su ideología y sus valores. Por un lado, él que se cree « libre », pretende emanciparse de las reglas del pasado para seguir sus deseos – en realidad obedece a los mandamientos de la publicidad y a los grandes grupos comerciales. Por el otro lado, él que reconoce que pertenece a algo que lo supera, que acepta inclinarse ante la Ley religiosa – o la de su nación. Lo que notamos es que el rechazo de la globalización cobra dos formas: el populismo por una parte, y por otra lo que llamamos en Francia « comunitarismo », que se encuentra generalmente en los barrios desfavorecidos, donde la gente no tiene acceso al trabajo ni a las satisfacciones materiales de la sociedad de consumo. Eso lleva a la dialéctica infernal de los repliegues comunitarios y de los votos populistas. Esos refrectarios dan la espalda a la modernidad que ven como disolvente – su crítica del mundo contemporáneo es a menudo acerba, en Francia hay un conjunto de autores llamados « neo-reaccionarios » que deploran el fin de la literatura, la pérdida del sentido, y acaban avalando a los partidos populistas. Todas esas actitudes constituyen « la falsa alternativa de la globalización », como mi libro fue intitulado en castellano. Pienso que hay lugar para una actitud radicalmente diferente. Para ello, hay que dejar de lado las esperanzas ilusorias, pasar por una suerte de disolución interior de las certidumbres de uno. Hay que aceptar ver un mundo devastado, reconocer que no tenemos nada a que agarrarnos porque nada funcionó, ni el comunismo, ni el liberalismo, ni las formas tradicionales o teocráticas…

Ninguna de las solucionas planteadas por la humanidad dió los resultados esperados. Tenemos que aceptar este balance y renunciar a los mitos religiosos y políticos. ¡Eso no significa que haya que pensar que no encontreramos nada, ni que todo fue un fracaso total! Al contrario, llamo a un hondo optimismo pero a un optimismo lúcido y desengañado, aunque sea una paradoja. Optimismo porque esta civilización planetaria permite que cada uno crea su propio camino, descubra todas las creaciones de la humanidad, y que los colectivos inventen nuevos caminos. Cierto es que, desde este punto de vista, ningún sistema de pensamiento, ninguna religión, dió con la Verdad última. En cambio, existen ápices de verdad – y, más humildemente, experiencias y soluciones – en todas partes, a la izquierda, a la derecha, en la ecología, en cada una de las espiritualidades… De este modo, individuos realmente libres pueden superar los problemas, con tal de salir, claro está, de esta « falsa alternativa » de la globalización. ¿Son muchos? No lo sé. ¿Son muchos los que están hartos de ver el ballet previsible de las ideologías, de las luchas de poder, del espíritu de partidos? Le incumbe a cada uno elegir, saber si quiere dejar su comodidad intelectual para enfrentarse – y eso no es fácil- a lo que le hará plantearse preguntas y para liberarse de sus ilusiones. Es una elección, siempre abierta. Podrían reprocharme por abogar por el sincretismo político o religioso. La confrontación con múltiples puntos de vista puede llevar a volver a encontrar su tradición o una verdad religiosa o política. El enfoque que recomiendo en mis libros llevará a algunos a una convicción sólida, opuesta al relativismo, pero lo adoptarán con conocimiento de causa.

Para saber más, véase el libro de E.J. Duits,  ‘La falsa alternativa de la globalización’ (Editorial popular, 2012), y la página www.active-tolerance.org en inglés, o www.tolerance-active.org en francés.