Los peruanos recuerdan con espanto el terrorismo maoísta y del Estado

Carlos Zamorano-México DF

En Perú, las víctimas del terrorismo maoísta de Sendero Luminoso, pero también de los aparatos del Estado, quieren enterrar dignamente los cuerpos de sus familiares muertos en los años de plomo. En la foto, un cartel de propaganda de los herederos ideológicos y políticos de Sendero Luminoso

Muchos peruanos sufrieron en los años ochenta del siglo pasado, pero también después, la ira del terrorismo de Sendero Luminoso, un grupo terrorista de ideología maoísta que cometió crímenes durante años contra comunidades campesinas, políticos, miembros de las fuerzas policiales y militares y ciudadanos de a pie. Dirigido por un profesor universitario iluminado y educado en el más rancio marxismo leninismo y pensamiento de Mao Zedong, Abimael Guzmán, alias ‘camarada Gonzalo’, Sendero Luminoso sembró el terror por donde pasó y puso al Estado peruano en un aprieto. Y el poder reaccionó con brutalidad y en muchos casos de manera indiscriminada contra poblaciones acusadas de colaborar o de simpatizar con el terrorismo maoísta. Los grupos especiales de las Fuerzas Armadas, como los sinchis, la Policía y la Guardia Civil, en algunos casos ayudados por  paramilitares, cometieron actos reprobables desde el punto de vista del Estado de derecho, como detenciones arbitrarias, ejecuciones sumarias y torturas. La lucha contra el terrorismo por parte del Estado traspasó lo admisible en una democracia. La presidencia del político delincuente Alberto Fujimori, que duró de 1990 a 2000, fue también muy polémica en el ámbito de la lucha antiterrorista por las constantes violaciones de los derechos humanos más elementales. Los tiempos han cambiado, Perú goza hoy de una mayor estabilidad política y social y el terrorismo es un problema residual. Pero miles de peruanos que padecieron en sus propias carnes el terror de un grupo de psicópatas iluminados y de un Estado que había dejado en el baúl de los recuerdos sus fundamentos democráticos, no han olvidado los años de plomo que ensombrecieron al país andino. En Ayacucho, que fue el epicentro de la sangrienta lucha entre los senderistas y el Estado, numerosos habitantes de esta empobrecida región de la sierra sur peruana  han recibido los restos exhumados de sus familiares muertos. Los familiares de las víctimas necesitan reencontrarse con el pasado, aunque sea trágico. El Estado, por primera vez, actúa dignamente y devuelve a esos seres humanos rotos por dentro por tanto dolor y años de silencio los restos identificados de las víctimas. Víctimas de Sendero, del Ejército y otros cuerpos de seguridad del Estado, de los comités de autodefensa que asesinaban o hacían desaparecer a sus enemigos… Hay víctimas de todas las partes de este siniestro conflicto que dejó 15.700 desaparecidos. De momento, han sido exhumados más de 2.000 cuerpos y la mitad han sido identificados. Muchas víctimas eran indígenas quechuas que vivían en zonas rurales miserables y ni siquiera hablaban español.

Comisión de la Verdad

La Comisión de la Verdad y Reconciliación que se constituyó en Perú en 2003 para esclarecer las barbaridades cometidas durante los años de plomo, dio algunos datos escalofriantes:  Hubo, por ejemplo, 1.371 muertos y desaparecidos en el distrito de Chungui (17% de la población) y unas 300 fosas comunes en un rayo de poco más de 1.000 kilómetros cuadrados. Las autoridades regionales y municipales de esta zona y colectivos como el Comité Internacional de la Cruz Roja han invertido dinero y medios materiales en rescatar a esos muertos del olvido, para enterrarlos dignamente después de entregarlos a sus familiares. Antiguos jefes militares y de Sendero Luminoso han sido denunciados como criminales por organizaciones de derechos humanos, que piden que los cuerpos de todos los desaparecidos sean entregados a sus familias. José Coronel, antropólogo de Ayacucho, considera que este objetivo es “importante”, porque la población necesita “justicia y que se cierre un ciclo”. Mientras, muchos peruanos, sobre todo los más humildes, siguen llorando a sus muertos en silencio, discretamente, y con pocas esperanzas en un futuro digno y justo.