África se llama Manuel

Por Paco Soto

África es el continente más pobre, explotado y expoliado por las potencias capitalistas de todo el planeta. Occidente saquea las materias primas africanas y mantiene a cambio a regímenes dictatoriales, violentos y corruptos. En la foto, un grupo de niños pobres y hambrientos en un país africano

Se llama Manuel y es de Ghana, un país del oeste de África. El sistema política es una república semipresidencialista y es bastante democrático, si lo comparamos con otros países de la región. Ghana desempeña un papel importante en la Unión Africa (UA) y es un país anglófono. Es también un Estado fronterizo con Burkina Faso, Togo y Costa de Marfil, y es pobre. Por eso muchos de sus habitantes han abandonado Ghana con destino a Europa. Es lo que hizo Manuel, un hombre joven –debe de tener unos 35 años-  que intentó llegar a Europa, a España concretamente, con su hijo de ocho años. Pero no lo consiguió y se quedó en Marruecos. Vive, mejor dicho malvive, en un barrio popular de Rabat, y yo me lo encuentro casi cada día por el centro de la capital marroquí, cerca de la estación de tren ‘Rabat Ville’. Nos comunicamos en inglés. Manuel me habla de lo dura que es la vida en su país de origen, pero también en Marruecos. Vive de la mendicidad. Yo le ayudo con un poco de dinero y comida que le compro a veces cuando me lo encuentro con su hijo. Manuel es muy creyente y siempre que me ve me dice que Dios me va ayudar, porque Dios está con todos nosotros. Yo no sé si eso es cierto, pero no me interesa entablar un debate teológico con Manuel; prefiero que me hable de su día a día en Marruecos y de cómo vivía en Ghana. Mitifica Europa, aunque yo le suela decir que el Viejo Continente es cruel, despiadado incluso, con los pobres y desheredados de muchos continentes como el africano. Pero también es injusto para esa parte de  ciudadanos europeos que están sufriendo dramáticamente la crisis económica. España es un triste ejemplo de lo que digo. Mientras millones de españoles autóctonos o de origen inmigrante se han quedado sin trabajo y la pobreza golpea a más del 20% de la población, la casta política huele que apesta. El caso Bárcenas, que salpica a dirigentes del Partido Popular (PP), es probablemente la punta del iceberg de lo que está pasando en el mundillo político español. Es escandaloso lo que ocurre en España, pero también en muchos otros países europeos. Se lo cuento a Manuel, pero él no se lo cree, sigue pensando que Europa es un  especie de El Dorado para África, que es el continente más castigado por la miseria, el hambre y la rapiña de un sistema capitalista  corrupto y depredador. El comunismo resultó ser una farsa criminal y sangrienta que no resolvió los graves problemas de la humanidad. Pero eso no significa que el actual sistema capitalista sea una alternativa perfecta. Todo lo contrario, es un sistema que deja mucho que desear; es capaz de crear riqueza rápidamente, pero la reparte mal entre las clases sociales y los países.

África se ha llevado la peor parte. Se mire como se mire, a pesar de algunas mejoras generales y de que unos cuantos países han dado pasos significativos en la lucha contra la miseria y la desigualdad, el continente africano sigue siendo paupérrimo. Y cabe recordar que esto no es la voluntad de Dios sino de los hombres, de determinados grupos económicos, sociales y políticos que han tenido mucho interés en saquear a África y mantenerla sumida en el subdesarrollo. Por  mucho que los voceros del capitalismo neoliberal a ultranza se empeñen en falsificar la realidad, hay que destacar que la miseria de África, en parte, ha generado la riqueza de Europa, sobre todo de determinados países y clases sociales. No hace falta ser un economista crítico  o un politólogo para saberlo. Hasta ahora, el continente africano ha sido un inmenso espacio sojuzgado por los países capitalistas desarrollados, que de vez en cuando distribuyen alguna migajas en concepto de ayuda humanitaria para salvar la cara a su política de rapiña. A las viejas y nuevas potencias, como China, no les duele mantener a regímenes africanos compuestos por criminales y delincuentes. Resulta patético ver al presidente francés, François Hollande, asegurar que el Ejército de su país interviene en el norte de Malí para proteger a la población local de las hordas de violentos salafistas combatientes e islamistas intolerantes. Eso no es más que una parte pequeña de la verdad. La otra parte, la más importante, es que Francia quiere preservar sus intereses económicos y geoestratégicos en Mali y en el Sahel. Pero no solo Francia es culpable de lo que pasa en África. También lo son Estados Unidos y muchos países europeos, como el Reino Unido, Alemania, España, Italia, Bélgica, Países Bajos… La hipocresía y doble moral de sus dirigentes, a los que no les repugna vender armas o apoyar  dictaduras sangrientas, no pueden esconder esa siniestra realidad. Y una muestra dolorosa de esa realidad es que centenares de miles de africanos han abandonado su continente, muchas veces poniendo su vida en peligro, para ir a vender su fuerza de trabajo a la Vieja Europa. Pero ahora resulta que en Europa hasta escasea la venta de la fuerza de trabajo. Manuel es una víctima de esa política criminal que mantiene desde hace décadas el mundo capitalista desarrollado en África. Los que vivimos en este continente sabemos un poco de lo que hablamos. No olvidamos que Europa, y especialmente un país como España, atraviesa una mala etapa económica y social. Pero lo que vive África es mil veces peor y nadie lo remedia. Marruecos, que no suele aceptar de buen gusto que le recuerden que también es un país africano, desempeña el papel de gendarme defensor de los intereses de los países occidentales desarrollados. A lo dirigentes marroquíes no les gusta que les digan eso. Allá ellos, porque esa es la triste función que desempeñan. Cuando países como España o Francia presionan a Marruecos para que apriete las tuercas a la inmigración irregular a cambio de algunas ayudas económicas, los dirigentes marroquíes suelen responder al unísono: “Sí señor, por supuesto señor, todo lo que usted diga y quiera señor…”  Los más nacionalistas de esos dirigentes, a lo sumo, sacan la bandera y utilizan un patrioterismo de cartón piedra para ocultar el nefasto papel que cumplen defendiendo intereses foráneos. Mientras,  Manuel y muchos como él malviven en las calles de Rabat. ¿A quién le importa? A casi nadie, por desgracia.