El salafismo se expande en Túnez

Elena González :

Salafistas tunecinos rezan en la mezquita de Okba en Kairouan, en el sur de Túnez.

En la cafetería de un barrio periférico de Túnez suena el Alejandro de Lady Gaga mientras Ahmed Tatar, miembro del aparato informativo del partido islamista Ettaharir, va desgranando su idea de sociedad ideal. “Somos el primer partido político que ha pedido la reinstauración del califato”. Ettaharir no cree en la democracia ni en los partidos políticos, aunque se sirvan de este modelo para intentar acceder al poder y llegar a cambiar el sistema desde arriba. Es un partido peculiar, que no se define como salafista -una de las corrientes más rigoristas del islam- pero que se acerca mucho a sus posiciones.
Reivindican como fuente de inspiración el Corán y la Sunna (las enseñanzas que provienen del Profeta) aunque no intentan imitar al profeta Mohamed en la forma de vestir o de comer.
Cuentan con una Constitución que regula todos los problemas que puedan presentarse en una sociedad. Desde qué hacer si el Califa se equivoca hasta cómo hay que ir al baño.
Esta fuente de derecho parte de la idea de que el islam es una fe basada en lo racional, pero una vez que la creencia está establecida, las leyes de Dios escritas en el Corán están fuera de discusión. “Hay textos que son muy claros -prosigue Tatar- y no caben interpretaciones. Al ladrón hay que cortarle la mano. Esto es así. Nuestra visión de los derechos humanos es que no pueden ser impuestos por el hombre, porque es Dios quien ha creado al hombre”.
Ettaharir está legalizado desde el año pasado. No está en su ideario la violencia, aunque reivindican el derecho a la yihad defensiva, pero la radicalización de este tipo de discurso inquieta a las autoridades tunecinas y también a Europa y a los Estados Unidos, que han puesto en Túnez sus esperanzas de que fructifique la llamada primavera árabe. “Si fracasa el modelo en Túnez, hay motivos para preocuparse”, confiesa un diplomático con base en la capital tunecina.
El primer asesinato político del Túnez postrevolucionario, el del líder opositor de izquierdas Chokri Belaid el pasado 6 de febrero, sacó a la luz un clima de inseguridad y miedo provocado por grupos cercanos al salafismo que crece desde hace meses y del que Tarek Chabouni, miembro del partido laico Nida Tunis, responsabiliza al Gobierno de los islamistas de Ennahda. “Es un fracaso. No son capaces de gobernar la policía ni el ministerio del Interior”. Casi cada semana, aparecen en la prensa tunecina denuncias de la existencia de una “policía paralela”, unas milicias que atosigan a las mujeres por no llevar el velo o a los profesores por ejercer su derecho de libertad de cátedra.
En el mismo sentido reflexiona la profesora universitaria Anissa Ben Hassine: “Los predicadores en las mezquitas y escuelas coránicas sin control están incitando a la violencia. La fragilidad del Gobierno está siendo aprovechada por estos grupos”, entre los cuales se señala a las Ligas de Protección de la Revolución, a las que se acusa, sin que haya pruebas, de estar vinculadas con el ala más dura de Ennahda.
En su último informe sobre Túnez, de febrero, el think tank International Crisis Group advertía al Gobierno tunecino de un riesgo más inquietante, el de los grupos armados que se dedican hacer proselitismo en Túnez. Reclutan jóvenes para ir a combatir a Siria, Mali o Argelia. Una buena parte de los secuestradores, vinculados a Al Qaeda en el Magreb islámico, que tomaron la planta argelina de In Amenas el pasado mes de enero eran tunecinos. La semana pasada, el general Carter Ham, comandante de las tropas americanas en África, el AFRICOM, advertía de la intención de AQMI de instalarse en Túnez.
La respuesta de las autoridades tunecinas no se ha hecho esperar, han anunciado la creación de células antiterroristas “para hacer frente a la corriente salafí extremista y a la existencia de una red de reclutamiento”, en palabras del ministro del Interior Lutfi Ben Yudud. Fue a los pocos días de que AQMI emitiera un comunicado en el que llamaba a los tunecinos a “no dejar terreno a los laicos” y a quedarse para “luchar contra el enemigo de Dios”. Este jueves llegó a Túnez después de ser detenido a finales de marzo en Egipto, el jeque salafista tunecino Imad Ben Salah, conocido como Abu Abdala el Tunisi, acusado de formar parte de una de estas redes de reclutamiento de combatientes para llevarlos a Siria.
Es un problema más añadido a un país que lleva dos años debatiendo sobre su futuro político. El gobierno de transición, después de varios traspiés y con un nuevo primer ministro, Ali Larayedh, también de las filas de Ennahda, como el anterior, Hamadi Jebali, tiene la misión de llevar al país a unas elecciones previstas para octubre previa ratificación de la Constitución. El debate de la carta magna tunecina se retrasa un mes tras otro precisamente porque se discute con celo extremo en cada artículo el papel que debe tener el islam en la política y en la sociedad. En una sociedad a la que acaba de llegar la marca española Berskha, en la que suena Lady Gaga en los cafés, donde se sigue evocando como ejemplo de modernidad el estatuto de Habib Bourguiba del año 1956 que equiparaba en igualdad de derechos al hombre y a la mujer y en la que acaban de salir del armario las barbas y los niqabs, después de años de represión durante el mandato de Ben Ali.

Fidel Raso

Fotoperiodista