Mursi es el primer responsable del ataque contra la Catedral

J.L. Navazo :

Catedral ortodoxa de San Marcos en Abasiya en El Cairo, donde se produjeron los ataques a los coptos, que causó la muerte de una persona y 29 heridos.

La frase no es de este escribano. En simbólicas letras rojas, lo destacaba el pasado martes 9 de abril y en portada el titular de ‘El Watan’ (La Patria), influyente periódico egipcio conocido por su independencia: “Mursi es el primer responsable del ataque contra la Catedral”, en referencia a la discriminatoria intervención de las fuerzas de seguridad egipcias que, lejos de contener a la turba con armas blancas que atacaba a la multitud congregada para asistir al funeral de los tres coptos asesinados el viernes 5 en la barriada de El Jesos y capturar a los francotiradores que disparaban contra la catedral de Abasiya, cargó disparando gases lacrimógenos dentro del recinto.
Jóvenes testigos de lo sucedido, aseguraban ayer que “acudimos a la policía para pedirles protección, ¡nos estaban atacando! y se volvieron contra nosotros”. El hecho es que, desde los inicios del proceso de la Primavera Árabe en Egipto, 24 iglesias han sido atacadas (cuatro de ellas destruidas) y en un incesante goteo, alrededor de 1.050 egipcios de confesión cristiana (ortodoxa, católica y protestante) han sido ya asesinados.
Aun cuando y como es tradición en los países islámicos (y Egipto lo es), los cristianos gozan en principio como “Pueblo del Libro” del estatuto de “dhimmíes” o protegidos, con sus rifirrafes a lo largo de la historia, sería erróneo ver en los dolorosos acontecimientos que están ocurriendo en el país del Nilo un mero enfrentamiento de musulmanes contra cristianos. Nada de ello, puedo asegurárselo a pie de obra. Todos los indicios apuntan a que el continuo asalto a la comunidad cristiana es un señuelo que, por un lado, desvía la atención del sonoro fracaso de la gestión de Mursi y los suyos, los Hermanos Musulmanes a la vez que se envían avisos al resto de la abigarrada población egipcia, más de 80 millones de personas.
En realidad lo que está pasando es un enfrentamiento a varias bandas entre los egipcios musulmanes y cristianos, por un lado y los islamistas por otro.
Amedrentando a los egipcios cristianos, tanto Hermanos Musulmanes como salafíes (cuya diferencia es puramente táctica) mandan un doble aviso: de entrada a la reducida minoría shiíta (¿400.000 personas? Nadie lo sabe) y de salida a la mezquita y Universidad de El Azhar, primer referente doctrinal en el mundo islámico cuya máxima autoridad, el Gran Imám Ahmed Tayeb, no deja de dar muestras de ponderación y buen hacer.
Sin duda el asalto del domingo a la catedral de El Cairo es un salto cualitativo en la sangrienta estrategia de hostigamiento puesta en marcha por el entramado islamista, pero que viene detrás de los intentos de acoso y derribo a la Universidad de El Azhar.
No es casualidad que tras el oscuro asunto de la reciente intoxicación alimentaria sufrida por estudiantes residentes en la misma y que se saldó con la muerte de uno de ellos, los coptos hayan sido los primeros en manifestarse en solidaridad desplazándose hasta la universidad y que la ciudad de Luksor haya vivido importantes manifestaciones de apoyo a lo que significa este emblemático centro, de fama internacional y referencia incuestionable para todo el conjunto de la “umma”, la comunidad islámica. Los sufíes no se están quedando atrás, desfilando en varias ciudades protestando contra la intolerancia y los discursos obscurantistas del entramado islamista y en apoyo de El Azhar.
Mientras e intuyendo lo que se avecinaba el pasado domingo, el papa ortodoxo Tawadrous II declinaba prudentemente presidir las exequias de los coptos asesinados delegando en dos obispos, uno de ellos el combativo Rafael, mostrando finalmente su repudio a la sectaria política de Mursi retirándose el martes 9 por la tarde a un convento, en un expresivo gesto que en Egipto se entiende perfectamente no sin antes advertir que “la justicia del Cielo va a decir su palabra”. El Cairo, la “Madre del Mundo” para sus habitantes, se difumina envuelto en una capa de calima mientras el viejo Nilo sigue, incansable, fluyendo hasta el Delta. Los cuatro leones del Puente de los Enamorados siguen apostados, hieráticos, en su entrada mientras los otros ‘leones’, los egipcios de la Plaza de Tahrir, mascullan sobre su revolución traicionada y se aprestan, es solo cuestión de tiempo, a derribar al nuevo faraón barbudo que sustituyó al “rais” Mubarak, el impresentable Mursi.