Entre Ceuta y Castillejos o el “yihadismo” de frontera

J.L. Navazo :

Militantes de la Yihad islámica en el funeral de uno de sus hombres muertos.

Compartiendo suelo africano, pero formalmente al menos bajo dos soberanías diferentes: si al sur del cruce fronterizo (dado que oficialmente no hay frontera), hoy levantado en obras de El Tarajal, ondea la bandera marroquí, al norte lucen las banderas española y de la Unión Europea, junto a la de la (presunta) Ciudad Autónoma de Ceuta. Y si la experiencia dice que, en espacios fronterizos, ambas partes tienden a coger lo peor de cada cultura en el espacio hispano-marroquí de Ceuta-Castillejos, el axioma es una cruda realidad, acentuada por los cruces de población a uno y otro lado de la frontera: los 20 km² de Ceuta se concentran 89.000 personas (la mitad de la población, de hecho, es de ascendencia marroquí), mientras que la cercana Castillejos (Fndiq) se acerca a otros tantos, por no hablar de las más de 15.000 personas (la habitual cifra de 30.000 es un equívoco, los porteadores suelen pasar dos veces) que cruzan a diario esta frontera Schengen en tierras africanas. Y sin meternos en cifras de la cercana conurbación del eje Rincón (Mdiq)-Martil-Tetuán o el polo urbano de Tánger, en continua expansión.
En el norte pero al otro lado, al este, la desarticulación a primeros de mayo de dos células terroristas alrededor de Nador, Segangan, Zeluán, Farjana y Beni Chiker (localidades algunas lindantes a Melilla) incide una vez más en la alta concentración de candidatos a la “yihad” en el norte de Marruecos, sin olvidarnos de la agitada región del Rif en la que dudo sepa alguien bien lo que está pasando. Por lo demás, curiosamente parece darse cierta “especialización” en el viaje del candidato al “yihadismo” terrorista: si hace un tiempo y desde Tetuán el destino era la “yihad” afgana, hoy día el destino privilegiado sería Siria mientras que, al este, se alentaría la “yihad” hacia Mali. Y más recientemente, el binomio Castillejos-Ceuta está polarizando el viaje clandestino de jóvenes con destino a la “yihad” en Siria y aquí conviene hacer una importante matización: al contrario que en Afganistán o Mali, donde el “yihadismo” ha sido directamente estigmatizado como terrorista por todos los actores (desde Occidente a Marruecos). No ocurre lo mismo en Siria pues, al lado de milicias sin duda terroristas que combaten al régimen de El Assad, se encuentran otras legitimadas por Occidente (desde Turquía a la Unión Europea y los Estados Unidos) y, lo que es más importante aún, financiadas por Arabia Saudí. De algún modo y salvando el tiempo y la distancia, no dejan de encontrarse ciertos paralelismos con la no menos cruel Guerra Civil de España (1936-1939) y la injerencia internacional a varias bandas: desde la Legión Cóndor alemana y el Cuerpo de Voluntarios italiano a las Brigadas Internacionales alentadas por Moscú, por no hablar de las Mehalas Jalifianas (no confundir con las tropas de Regulares) que salpican directamente al Estado marroquí en la contienda.
Es decir, a diferencia de Afganistán o Mali, un joven y enfervorizado musulmán inflamado por la “yihad”, además de ascendencia sunní como son los casos, constata: primero, que el régimen filoshiíta (y proiraní) de Al Assad está machacando a su población sunní, abiertamente en rebelión; segundo, ésta es apoyada por Qatar y Arabia Saudí, contando con las simpatías de Turquía y Occidente (Europa y los Estados Unidos); por consiguiente… marchar a la “yihad” siria no puede catalogarse de “sostener al terrorismo”.
¿Tiene esto algo que ver con la sangría de jóvenes marroquíes y ceutíes que ya han marchado (y muerto) en el frente sirio….? Porque los datos que se van sabiendo no dejan de engrosar una estadística creciente: hablamos de una cifra cercana a las treinta personas a ambos lados de la frontera y que, solo en Ceuta, superarían ya -según fuentes consultadas por Correo Diplomático- la docena. ¿Los motivos….? Al fervor religioso de base y la hábil manipulación de los reclutadores, podrían unirse condiciones como la marginalidad y la falta de perspectivas de un trabajo estable. Otro punto discutible es la ruta a seguir por estos nuevos “brigadistas”. Si los primeros salieron de Ceuta vía Portugal (no es baladí el hecho de usar documentación española), los últimos podrían haber volado literalmente de Marruecos a Turquía (son miles los ceutíes que disponen a la vez, algo no contemplado en la legislación española, del Carné de Identidad y pasaporte marroquí), país éste último que no exige visado a los ciudadanos marroquíes, para desde allí infiltrarse en Siria. Mientras tanto el delegado del Gobierno en la ciudad, Francisco Antonio González Pérez, ponía el dedo en la llaga al reconocer a primeros de abril algo obvio: “En Ceuta ha habido dejación en el control del yihadismo” aunque, ahora, “se trabaja duramente en ello”. Más que sobre el yihadismo terrorista, la dejación la dirigiría hacia el entorno del islamismo radical y sus prédicas, caldo de cultivo del terrorismo. O al del funcionamiento de organizaciones netamente radicales (la Yamaâ al Tabligh entre ellas) y su control sobre asociaciones presentes en la ciudad. Parece que las autoridades españolas no acaban de digerir aquello de “Con vuestras leyes os conquistaremos y con nuestro islam os someteremos”, pues de otra forma no se explica el apoyo financiero que sostiene al entramado islamista tanto en la ciudad como en el resto de España. ¿Es Ceuta hoy día (y en menor medida Melilla) una ciudad corsario-islamista bajo bandera española? Eso es lo que parece y cada año que pasa, más.