La yihad con un machete

Antonio Navarro :

Michael Adebolajo, durante un juicio en el tribunal de Kenia en 2010, como sospechoso de liderar un grupo de islamistas que intentaba unirse a terroristas en Somalia.

Con un machete. Para ser precisos, con un cuchillo de carnicero. Inopinada y poco sofisticada arma con la que un perturbado, un fanático -o las dos cosas juntas- terminó la pasada semana con la vida del soldado británico Lee Rigby en las calles de Woolwich, un multicultural suburbio del sureste londinense donde se levantaban las barracas en las que residía. No parece ser este horrendo crimen -calificado de terrorista por el Gobierno británico desde primera hora- digno sucesor de los sofisticados atentados de Nueva York, Madrid o Londres atribuidos a la franquicia global de Al Qaeda. Tampoco parece obra del Ejército de muyaidines que la organización terrorista fundada por Bin Laden aspira a tener dispuesto a combatir en cualquier lugar de Dar al Harb -la casa de la guerra-, o lo que es lo mismo, allá donde el Islam no impera aún. El apuñalamiento del joven soldado que sirviera durante seis meses al Ejército británico en Afganistán parece tener aún menos que ver con los supuestos planes de la República Islámica de Irán de atacar a los amigos del Estado sionista, como el Mossad se encargó de difundir en las vísperas de los últimos Juegos Olímpicos.
Al supuesto perpetrador del crimen -y sus cómplices y colaboradores, como Michael Adebowale, su acompañante-, Michael Adebolajo, no le ha quedado otra que hacer la yihad con un machete. Hacía tiempo que el MI5, el servicio de inteligencia del Reino Unido, seguía la pista a este británico de origen nigeriano. Como es natural, la sociedad británica se lamenta estos días de la circunstancia de que las fuerzas policiales y de inteligencia no hubieran impedido a tiempo lo que este joven atribulado -cuando menos- fue capaz de hacer en plena calle. ¿Lo podría realmente haber desbaratado? ¿Tendría que haber sido así?
El de la yihad global en particular -y, por extensión, el sintagma fanatismo e Islam- es uno de los relatos necesarios de nuestro tiempo. Una de las categorías permanentes en servicios de inteligencia de los gobiernos, en medios informativos, think tanks, semanarios o diarios; una de las nubes de mayor tamaño en los blogs y las webs de nuestra época. El relato de la yihad forma parte de nuestras vidas y, en gran medida, su coherencia nos conforta. Ayuda a explicarnos la realidad. A obtener certezas. Pronto, los medios reconstruían la vida atormentada del joven británico: un ejemplo de fanático religioso criado en casa; un resentido con la democracia y libertad. Víctima típica del extremismo islámico. Otro ejemplo, en suma, de que el Islam radical se ha propuesto hacerse con el control de Occidente haciendo la guerra santa.

Deportado desde Kenia
El joven cuyo rostro y manos ensangrentadas daban la vuelta al mundo había nacido en el seno de una familia católica nigeriana. Después de abandonar la idea de convertirse en policía, Michael Adebolajo se convirtió en un pacífico vendedor de droga en su barrio londinense. Diversos testimonios de quienes le conocen lo describen como un chico afable. A los 16 años comenzaron sus coqueteos con el Islam radical, que ya no abandonaría. Al parecer, su familia abandonó Romford, un suburbio del noreste de Londres, preocupada por el ascenso del radicalismo islámico en sus calles para instalarse en Lincoln. Al supuesto perpetrador del asesinato de Lee Rigby sus estudios económicos en la Universidad de Greenwich lo llevaron hasta Woolwich. En los últimos años ha sido una presencia activa en diversos grupos radicales, como Al Muhajiroun, que promueve la sharía.
En 2010, según confirmaba el Foreign Office, Adebolajo fue arrestado y deportado desde Kenia cuando se preparaba para unirse a las filas del grupo radical Al Shabab en Somalia. Su familia atribuye a la tortura sufrida en Kenia antes de su deportación al Reino Unido el desequilibrio actual que padece el joven. Por otra parte, un amigo de Adebolajo aseguraba recientemente que hace seis meses el MI5 quiso ficharlo para que le ayudara en la lucha antiterrorista.
En la famosa captura de vídeo, el joven sintetizaba a su audiencia global los porqués, por si a alguien aún no le hubiera quedado claro: “Juramos por Alá que nunca dejaremos de luchar contra vosotros. La única razón por la que hemos hecho esto es porque los musulmanes están muriendo cada día. Este soldado británico es ojo por ojo, diente por diente”. Todo encaja en el sencillo y maniqueo relato de la ideología que, poco a poco, muchos temen que se apodera de Londonistán.

“Miles de británicos en riesgo de radicalización”
Adebolajo es uno más de los “miles de británicos -en palabras de la ministra de Interior británica, Theresa May- que corren riesgo de radicalización”. No un soldado del Ejército regular que Al Qaeda nunca ha podido formar ni en Yemen, ni en Arabia Saudí ni en Afganistán, como tampoco en el Sahel o el Magreb. Y que, probablemente, nunca reclutará. Tampoco un terrorista suicida como los que se turnan en Iraq para hacer saltar por los aires mezquitas de chiítas o sunitas en ordenada alternancia. Adebolajo es producto de nuestro tiempo, que, al cabo, tiene más de deudor de la web y las redes sociales que de la revelación del Profeta. Es un yihadista cibernético que soñaba a través de la pantalla de su ordenador de su casa del sureste de Londres, mientras profundizaba en el estudio del Corán y de la lengua árabe, con sumarse a la yihad global de alguna forma. Y, sobre todo, es una persona perturbada. Un enfermo. También de fanatismo y de rencor, pero enfermo.
El joven -y sus colaboradores- hizo lo que pudo para poner su granito de arena en la guerra santa en el Reino Unido. Y lo hizo con lo que tuvo a mano; un cuchillo de carnicero. Lo cierto es que si se puede hacer con un machete, cualquiera puede unirse a la batalla. Adebolajo deja tras de sí, además de un horrendo crimen que cuesta la vida a un hombre inocente, nuevo fermento para alimentar el ya sólido relato de la yihad global, esa dolorosa compañera de nuestras vidas.