El imán Ajmal Masoor: “Si ha matado en nombre de los musulmanes, el Islam condena categóricamente la violencia ”

Antonio Navarro :

Londres continúa su actividad habitual consciente de las dificultades de evitar crímenes como el del soldado Drummer Lee Rigby -en la imagen-, que fue apuñalado en plena calle por un joven británico de ideas religiosas extremas el pasado miércoles. El Gobierno anuncia que perseguirá el discurso radical lanzado desde webs, universidades y púlpitos.

Un joven delante de una cámara, tal vez la de un teléfono móvil, con manos ensangrentadas, cuchillo carnicero en las manos, acento londinense y verbo aturrullado. Una sarta de reproches y amenazas al Reino Unido por su matanza de musulmanes. Y, como remate, una frase: “Allahu akbar” -Alá es grande-. Como la pólvora corría la expresión, la misma que se oye pronunciar a los rebeldes sirios cada vez que lanzan una bala o en los funerales de algún palestino por televisión; tal vez única licencia a la lengua árabe de los británicos, por twits, mensajería móvil y titulares en redes sociales y medios de comunicación. No había duda: el brutal asesinato de un soldado residente en las barracas de Woolwich, a pesar de su singularidad, llevaba la impronta del terrorismo islámico. La yihad a la puerta de casa. Los autores se valían de un machete y un coche como rudimentarias armas para hacer la guerra santa a Occidente.
Pronto se ponía nombre y apellidos a los supuestos perpetradores del crimen: Michael Adebolajo. El joven grabado en el vídeo habría sido el autor material de los machetazos e intento de decapitación del soldado Lee Rigby durante más quince minutos. Los programas informativos y foros abiertos radiofónicos se llenaban de testimonios de británicos consternados e indignados: “Hemos llegado demasiado lejos. Este país ha dejado entrar a mucha gente que no debería estar aquí”, comentaba un oyente en un popular programa de radio. Como él, muchos otros. La Middle England -la clase media- alzaba la voz.
La tensión era evidente en las horas posteriores al crimen en barrios con grandes porcentajes de población de origen foráneo como Enfield, Lewisham o Barking. Numerosos corrillos con grupos de londinenses de orígenes étnicos dispares se formaban espontáneamente en las calles para comentar lo sucedido. Entre las minorías había temor ante las represalias. Varias mezquitas de la capital y el resto del país han venido sufriendo ataques desde la noche del día de los hechos. La última, la de Grimsby, una ciudad de Lincolnshire, que iba a ser atacada con cócteles molotov. La Liga de Defensa Inglesa, un grupo de ultraderecha de ideas nacionalistas y racistas, se concentraba -reuniendo un exiguo grupo de militantes- en el lugar de los hechos para exigir la expulsión de los inmigrantes. “El Islam político es la cuestión. Se extiende por todo el país”, advertía Stephen Lennon, líder de la Liga. Ayer volvían a protestar; esta vez ante la residencia del primer ministro en Downing Street. “Parece que en este país existe una ley para los musulmanes y otra para el resto”, afirmaba uno de los manifestantes.
Con todo, a pesar del shock provocado por el crimen, la respuesta de la sociedad británica ha sido tópicamente contenida. El primer ministro David Cameron no fue excepción: “Este ataque supone una traición al Islam y a las comunidades musulmanas que tanto están haciendo por nuestro país. No hay nada en el Islam que justifique este acto bárbaro. Venceremos el extremismo violento permaneciendo juntos”.

Condena de los musulmanes británicos
Las comunidades musulmanas británicas no tardaron en pronunciarse. El Consejo Musulmán de Gran Bretaña mostraba su condena al crimen en términos diáfanos: “Los musulmanes han servido desde hace mucho en las Fuerzas Armadas británicas, con orgullo y honor. Este ha sido un acto bárbaro que no puede basarse en el Islam. Lo condenamos sin reservas”.
El imán Ajmal Masoor, político, periodista y predicador de moda, lanzaba: “Si lo ha hecho en el nombre del Islam, el Islam condena categóricamente violencia de esta naturaleza. Si lo ha hecho en el nombre de los musulmanes, ningún musulmán apoya criminales así. Son sinvergüenzas y gánsteres que deben ser enviados a las cárceles durante mucho tiempo. Todos, musulmanes y no musulmanes, tenemos que estar unidos para preservar la cohesión social en nuestro país”. “Si odia tanto este país, que entregue su pasaporte y se vaya”, espetaba este imán británico de origen bangladeshí casado con una húngara a los supuestos autores del crimen.
La ministra de Interior, Theresa May, anunciaba antes del fin de semana medidas para combatir la “radicalización que amenaza a miles de británicos”. El Ejecutivo de conservadores y liberales presidido por David Cameron hacía público que se creará un comité especial para gestionar los casos de radicalización islamista. Tendrá el cometido de analizar los “discursos venenosos” de clérigos radicales dispuestos a reclutar a gentes como las perpetradoras del crimen. El Gobierno anuncia, además, que tratará de evitar crímenes como el de Woolwich controlando más los contenidos de las páginas web que inciten a la violencia. Las fuerzas policiales -el dispositivo supera los 500 agentes y oficiales- habían detenido al cierre de esta edición a un total de diez personas sospechosas de haber participado en el crimen.

BBC: “Sospechosos con apariencia musulmana”
Pero la imprecisión terminológica parece ser ya incorregible a estas alturas. El alcalde de Londres, el simpático Boris Johnson, se extendía en un artículo en el diario Telegraph haciendo una llamada a los habitantes de la capital: “Unidos podremos aislar el virus del islamismo”. A pesar del noble empeño pedagógico del regidor de la capital británica por distinguir Islam de islamismo, Johnson añadía confusión al necesario problema conceptual del fanatismo de justificación religiosa: “El islamismo es una agenda política siniestra que promueve un sentimiento de protesta y victimismo entre una minoría de musulmanes. Los islamistas quieren la sharía universal y otras ocurrencias por el estilo. Pero, por encima de todo, quieren dominar a otros, especialmente a gente joven”.
Lo cierto es que Islam político e islamismo son (casi) sinónimos en los medios de comunicación y publicaciones académicas anglosajonas con los que se engloba a los partidos, movimientos e ideas de inspiración religiosa, incluidos el AKP turco de Erdogan, la Hermandad Musulmana, los salafistas egipcios de Al Nour o el PJD de Marruecos del risueño Benkirán.
Ni la BBC escapa del preocupante embrollo terminológico. La corporación pública británica se veía forzada a disculparse tras las palabras del editor político de la cadena, Nick Robinson, que se refería a la “apariencia musulmana” de los sospechosos.
Pronto, muy pronto, Londres retomó su business as usual -su normalidad-, que es, quizás, su más acendrada manifestación de identidad. Si es que alguna vez dejaron de hacerse. Los londinenses asumen con mayor naturalidad que el resto de los británicos la realidad multicultural, multirracial y plurirreligiosa de su país. También asumen la posibilidad cotidiana de que un capricho del destino, un accidente desafortunado pueda cambiar sus vidas para siempre; algo propio de la mentalidad de los habitantes de las grandes ciudades. Aquí casi nadie está dispuesto a que asesinos y fanáticos -o las dos cosas juntas- alteren la libertad y las vidas cotidianas de todos.