Plaza Taksim: ¿Tahrir o Sol?

Antonio Navarro Amuedo :

Dos muertos tras cinco días de protestas antigubernamentales en Turquía, y primera jornada de la huelga de 48 horas, convocada por el sindicato de funcionarios públicos Kesk, que denuncia la violencia policial.

Es el corazón de Estambul, rompeolas de todas las Anatolias. Es el centro neurálgico de la vieja Constantinopla y la elegante capital otomana, de la urbe de las tiendas de lujo y las nuevas torres de cristal que se desparraman a ambos lados del Bósforo. Es la plaza de Taksim, con sus vendedores de mazorcas de maíz tostado, taxistas embravecidos, travestis y putas, y familias piadosas que pasean al atardecer y toman el té, y parejas que se citan junto al monumento Ataturk. Es el centro de todas las protestas. Es la zona cero de la última explosión de descontento, de un grito turco de hartazgo hacia nadie sabe dónde aún. La audiencia global de nuestro mundo que mira a través de las ventanas de Facebook y Twitter se acuerda de dos ágoras: ¿Tahrir o la Puerta del Sol?

Durante cinco días consecutivos de protestas callejeras contra el Gobierno del AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo, de inspiración islamista y entusiasta de la economía de mercado) decenas de miles de personas -especialmente los habitantes de Estambul- han conseguido colocar a Turquía en el centro de los focos de la actualidad mundial. Lo que comenzara como una protesta pacífica contra los planes de construcción de una réplica de unas barracas militares otomanas y un centro comercial en el parque Gezi -situado en un extremo de Taksim-, fuertemente reprimida por la policía, pronto se convirtió en un movimiento de protesta contra un partido, un Gobierno, y un nombre y apellido en singular: los del primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, que rige los destinos de la República de Turquía desde 2003.

¿Han de ser Sol y Tahrir, el 15 de mayo madrileño y la Primavera Árabe egipcia, acaso, caminos excluyentes? Tal vez no. Las tres explosiones de descontento popular -Estambul, Madrid y El Cairo- son indudables productos de nuestra época: la existencia de las redes sociales e internet facilita y acelera la organización de la protesta, espolea al ciudadano a echarse a la calle, contagia y enciende los ánimos de uno a otro continente a golpe de twit. Las tres plazas simbolizan un sentimiento común de indignación de sociedades cada vez menos dispuestas a aceptar que se les tome el pelo impunemente.
¿Primavera -o verano, a tenor del calendario- turca entonces? ¿Un movimiento capaz de tumbar en la calle al régimen del AKP y desalojar a Erdogan del poder? La realidad es que, a pesar de sus imperfecciones, el sistema político turco funciona desde 1950 como una democracia formal. A diferencia de los regímenes autoritarios del mundo árabe -el orden que la Primavera Árabe ha condenado a la extinción-, Erdogan ha vencido hasta en tres ocasiones en las urnas de forma razonablemente limpia logrando ampliar sus mayorías de forma sucesiva. La última de ellas la obtuvo en 2011, cuando logró casi el 50 por ciento de los votos populares. No hay primavera turca que valga, decía Erdogan el lunes desde Rabat.

Pero una parte de la sociedad turca ha gritado basta con fuerza, estos días. Y ha llamado dictador a Tayyip y le ha pedido que se vaya. Las protestas comenzaron en Taksim, pero a lo largo del pasado fin de semana se extendieron a Ankara, la capital, y a otras urbes como Izmir, Antalya, Konya o Antakya -y hasta un total de 67 localidades-.
La oleada de manifestaciones y enfrentamientos con la policía se salda, por el momento, con dos jóvenes muertos -uno atropellado en Estambul y otro víctima de un presunto disparo de la policía en Antakya- y varios centenares de personas heridas, además de 1.700 detenidos. Lo cierto es que una parte importante de la sociedad turca está cada vez más a disgusto con el creciente autoritarismo del primer ministro, sus políticas de marcado sesgo religioso y sus arriesgadas apuestas en política exterior.

Turquía destaca hoy en medio de una Europa anémica por sus impresionantes cifras macroeconómicas: crecimientos anuales de en torno al 5 por ciento, aumento del 288 por ciento de la renta per cápita -pasando de 3.492 dólares en 2003 a 10.079 dólares en 2011- en los primeros ocho años de Gobierno de Erdogan. La década del AKP ha servido, además, para consolidar la transición de poder desde los cuarteles a manos exclusivamente civiles y alcanzar la estabilidad política. Pero, a pesar del indudable boom turco, una parte de Turquía está muy enfadada. Este fin de semana se lo han dicho con claridad a su primer ministro. “Queremos que nos escuche”, repetían los manifestantes en el burgués Besiktas; en Istiklal, la elegante avenida comercial -convertida en campo de batalla este fin de semana- que conduce a Taksim, corazón de la protesta.

Deterioro democrático
Turquía es una democracia formal cada vez más antidemocrática. Es el país del mundo que tiene a más periodistas en la cárcel. El apagón informativo local durante las protestas de los últimos cinco días contribuyó a encender los ánimos aún más, pero también a mostrar al mundo el retroceso registrado en materia de libertades individuales en Turquía de un tiempo a esta parte.

El caso Ergenekon -una supuesta trama desarticulada y juzgada por el Estado a cuenta de preparar supuestamente “un golpe de Estado terrorista” contra el del AKP- ha resultado en la acusación y condena de empresarios, militares, periodistas y activistas políticos de izquierdas, nacionalistas y secularistas, con un total de 400 personas acusadas.

Los planes de reforma constitucional de Erdogan -que pretende reforzar las atribuciones del presidente de la República para presentarse en 2014 al cargo- inquietan. Como también preocupa el capitalismo clientelar construido en torno al partido en el poder.

En el ámbito exterior, cada vez menos gente comprende la apuesta decidida y temprana de Erdogan por liderar la alianza internacional -fracasada hasta hoy- contra Bashar El Assad en Siria, espoleando a la variopinta y radicalizada oposición al régimen. Y avivando a las puertas de casa una guerra sectaria que amenaza con acabar cruzando las fronteras turco-sirias.

Por otra parte, las recientes medidas restrictivas de la comercialización de alcohol adoptadas por el Gobierno del AKP son para muchos la muestra palmaria de que el país abandona su tradicional secularismo para adquirir un sesgo marcadamente islámico. Las protestas del primer fin de semana de junio de 2013 han evidenciado la brecha entre las dos almas de Turquía: la secularista, de extracción urbana y de herencia kemalista, por un lado; y la conservadora concentrada fundamentalmente en las zonas rurales del interior de Anatolia. La primera se ve en peligro.

Un número importante de turcos le han gritado en las calles a su primer ministro que ganar en las urnas no basta. Erdogan cuenta con la legitimidad de los votos, pero la de Taksim ha sido una advertencia de que no todo vale. La democracia es el respeto a las reglas de juego y la protección de las minorías del primero al último día de la legislatura además de la búsqueda de consensos. Se lo han gritado estudiantes, desempleados, jóvenes, grupos nacionalistas turcos y de izquierdas, secularistas, ecologistas y, en general, cada vez más las clases medias. “En la última década, las políticas económicas del AKP han convertido a Turquía en un país mayoritariamente de clases medias. Ahora esta clase media quiere derechos individuales y cuestiona el concepto de democracia del partido en el poder”, asegura Soner Cagaptay, director del Programa de Investigación sobre Turquía en el Washington Institute. Las gentes de Taksim no quieren ni oír hablar de modelo turco -como repite la oficialidad europea y estadounidense-, ni para los árabes ni para nadie.

El gran temor de Erdogan en estos momentos es evitar que los sectores más conservadores del país -sobre los que ha cimentado sus victorias electorales- comiencen a dudar de la forma de gobernar del ex alcalde de Estambul. Él ha respondido de forma desafiante a los “radicales”: “Si juntáis 200.000 personas, yo reúno un millón”.

Taksim y el 15-M
Taksim no es Sol porque ni la Turquía emergente es la España decadente y envejecida del 28 por ciento de tasa de paro ni el Gobierno de Rajoy -una administración casi intervenida de facto por la Unión Europea- es el del asertivo Erdogan.

No sería justo asimilar el exitoso pacto de concordia nacional sellado con la Constitución española del 78 -hoy en profunda crisis, sin embargo- con el inestable marco político turco en un país que desde 1946 ha sufrido cuatro golpes de Estado militares contra gobiernos electos. Una circunstancia esta última -la transferencia definitiva del poder a manos civiles- que en parte los Gobiernos de Erdogan han contribuido a consolidar. Tampoco Taksim se parece al 15–M porque la perseverancia de los turcos -el pulso a su policía ha impresionado al mundo, como lo llevan haciendo las sociedades árabes desde comienzos de 2011 enfrentándose valientemente a ejércitos y fuerzas de seguridad- contrasta con el quiero y no puedo de los integrantes del movimiento hispano, incapaz de articular una fórmula política y un catálogo claro de reivindicaciones. Ambos movimientos inconclusos se detienen ahora en la larga antesala de las próximas elecciones, que serán el auténtico plebiscito popular.

Una parte de Turquía, brava y harta, ha pedido a su gobierno que no quiera ponerle puertas al campo. Y ha avisado con fuerza. La democracia parece querer volver a sus orígenes: a las plazas; a la discusión en el ágora. Entre la Puerta del Sol y la plaza Tahrir se levanta Taksim como nuevo símbolo contemporáneo, con su media luna blanca y su bronce de Ataturk, tratando de sortear las profundas contradicciones de Anatolia.