Ramadán en Notting Hill

Antonio Navarro Amuedo :

Los musulmanes de Londres celebran el Ramadán con discreción e inusuales altas temperaturas; mientras los negocios halal florecen porque la población musulmana también crece.
Los musulmanes de Londres celebran el Ramadán con discreción e inusuales altas temperaturas; mientras los negocios halal florecen porque la población musulmana también crece.

Ahmed Bennani no ha visto nunca a Hugh Grant ni a Julia Roberts pasear su amor por las calles del barrio. “Me han hablado de la película muchas veces pero nunca la he visto”. Desde la ventana de su tienda de ultramarinos de Golborne Road ve, en cambio, a diario las hordas de turistas despistados que abandonan la cercana Portobello Road, escenario del ‘architurístico’ y célebre mercado de antigüedades, y se adentran por las calles menos conocidas de Notting Hill. En el interior de la tienda de comestibles se venden dátiles tunecinos, aceite de oliva marroquí y conservas de legumbres libanesas. Y resuena el eco en árabe de un aparato de televisión que emite el noticiario de Al Jazeera. Notting Hill y Ladbroke Road, englobados en el distrito de Kensington, acogen a unos 6.000 londinenses de origen marroquí, la principal concentración en la capital del Reino Unido. Allí, como en otros muchos puntos de Londres, el Ramadán reúne en las mezquitas a marroquíes, turcos, sudaneses, indios o paquistaníes; gentes del oeste y del este, practicantes de tradiciones religiosas distantes acomodadas a la necesidad del pragmatismo que impone Londres.

Leche, té, dátiles, ‘croissants’, y arroz al curry con pollo integran el menú gastronómico del iftar -o ruptura del ayuno- en esta síntesis armoniosa e inopinada del Islam londinense. Otra de las genuinas fusiones que la urbe británica fabrica sin proponérselo. La ‘dariya’ o dialecto del árabe marroquí es habitual en algunos cafés y tiendas de ultramarinos; también se oye en la mezquita de Westbourne Park.

Omar y Joel discuten amistosamente sobre quién tardaría más tiempo en llegar a su país de origen volando desde Londres mientras alivian la sed en el ‘iftar’. Joel asegura que un vuelo a su Madagascar nativo es mucho más largo y pesado que llegar a Eritrea, país desde el que llegó Omar hace veinte años. La camaradería domina el ambiente. Se saben minoría en un medio ajeno y distante. El inglés es la lengua franca de esta mezquita de Finsbury Park, un distrito del norte de Londres. Del oeste mediterráneo de Notting Hill al norte asiático de Finsbury o Manor House, el Ramadán se cuela entre turistas acalorados en pantalón corto y viandantes trajeados. Un poco más al norte la vida continúa en Stanford Hill, con su predominio judío, ajena a los rigores del Ramadán. Días largos y un mes de julio inusualmente caluroso y seco han puesto aún más a prueba a los musulmanes londinenses.

Los magrebíes manotean al hablar y presumen de dátiles. Lo hace Rachid, que es originario de la brava Cabilia argelina -más de diez años en Londres-, explicando a su vecino sobre el mantel de papel de la mezquita de Finsbury que los dátiles son de su tierra argelina e invitándole a comerlos con una especie de bollo de leche. “¿Lo ves que ricos están? Nosotros los tomamos así”. Después, para el arroz con pollo, se sentará alrededor de una mesa, en una esquina de la sala de oración, con otros argelinos, todos con chilabas blancas o amarillas. El muecín acaba de avisar de la llegada del iftar por megafonía. Son las nueve y diez. En los cafés somalíes y sudaneses cercanos de Seven Sisters Road el dominó ayuda a sobrellevar la espera y también acompaña las primeras horas de la noche, cuando los cuerpos se recuperan de la sed y el hambre. La brisa refresca una nueva jornada de calor. La mezquita se llena de hombres con semblante serio llegados a la capital británica, antes o después, de todos los continentes.

Londres obra el milagro diario de hacer convivir a judíos, musulmanes, cristianos (los que van quedando) y ateos, y de que entre todos hagan negocios entre ellos. Libaneses, sirios o iraquíes sunitas y chiítas aparcan sus odios y demonios sectarios y regentan cafés con shisha y supermercados en Edgware Road, la pequeña Beirut que dista entre Marble Arch y el viejo e imponente hotel Hilton, a un paso de Marylebone. Las heridas de Oriente Medio podrían empezar a curarse aquí, lejos de las pardas y áridas tierras de Mesopotamia.

Los grandes supermercados no pierden la ocasión de seducir a este mercado islámico en alza con propaganda y ofertas ‘ramadanescas’ de arroz basmati, sopas de verduras y fideos de sobre o suculentas cajas de dátiles. Cafés o restaurantes de kebabs ofrecen este mes menús económicos adaptados a la ocasión con mezclas de cocinas africanas y de Oriente Medio para romper el ayuno. Pese a que los musulmanes apenas superan los 2,7 millones de personas en el conjunto del Reino Unido (como frecuentemente en los países de mayoría islámica las estadísticas británicas a menudo asimilan nacionalidad y fe), los comercios halal están en alza. No en vano, casi por defecto, los omnipresentes establecimientos de pollo, patatas y latas de refresco muestran en sus puertas que la carne -a pesar de la fritanga- cumple con las exigencias de la religión mahometana. Los musulmanes constituyen la comunidad de fieles más joven del país. Y experimentan un incremento sostenido: la tasa de fertilidad de las mujeres musulmanas fue entre 2000 y 2010 de tres hijos, lo que contrasta con la de las no musulmanas (1,8 hijos), según datos de un think tank local.

Los medios de comunicación británicos no son ajenos a las nuevas tendencias y dedican cada vez más tiempo a la comunidad musulmana. Cada mañana, Channel 4, una cadena con un espíritu marcadamente contracultural, interrumpe su emisión para mostrar la llamada a la oración. Es la primera vez que una televisión del Reino Unido lo hace. (http://www.channel4.com/programmes/4ramadan/articles/the-adhan). Asimismo, las predicciones meteorológicas de esta cadena hacen alusión a la hora exacta del amanecer y de la puesta de sol durante el Ramadán. La oferta islámica de este canal se completa con el serial documental titulado ‘4 Ramadan’. El ‘Economist’ se cuestionaba recientemente esta apuesta por el Ramadán convertido en espectáculo televisivo (y al servicio de aumentar audiencias): “¿Le ha preguntado alguien a los abstemios musulmanes que rezan en silencio cuánto desean la atención de las cámaras sobre lo que desde su punto de vista es una transacción entre ellos y Dios?”.

La música shaabi es un sonsonete machacón en el interior del Café Le Rif, en el rincón más marroquí del inicio de Seven Sisters. Es ésta la tierra del Arsenal, pero los escudos impresos en la entrada del establecimiento del Barça y del Madrid advierten de cuáles son los dos principales clubes de los marroquíes tanto aquí como al sur de Tánger. Como en casa, los magrebíes de este norte de Londres se sientan al fresco a charlar en torno a abundantes cigarrillos y té a la menta; alguno pide incluso shbakia para endulzar la velada. El cielo está estrellado y los londinenses quieren aprovecharlo. Ahmed Bennani vuelve al mostrador de su café en Notting Hill; tiene que hacer su agosto y apurar la noche. El Ramadán avanza en el calendario y la ciudad asiste ajena y consciente a la vez a los compromisos espirituales de una parte de sus moradores.