Geopolítica del nuevo Egipto

Eugenio García Gascón :

Los trágicos sucesos de los últimos días en El Cairo y en otras localidades egipcias revelan lo difícil que será para el general Abdel Fattah al Sisi llevar a cabo el programa que prometió cuando dio el golpe de Estado el 3 de julio, un plan que en su momento preveía la “democratización” del país y la celebración de elecciones en el plazo de seis meses, pero que conforme pasa el tiempo parece más y más difícil de ejecutar. Sisi es un general relativamente joven, de 58 años, que fue designado jefe de las fuerzas armadas por el presidente Mohammed Morsi en agosto de 2012, poco después de que éste fuera elegido en la urnas. Seguramente Morsi quería saltarse el anquilosado escalafón mubaraquista y para ello escogió a un general que se confesaba abiertamente musulmán, tal vez pensando que sería más fácil de manejar. Pero sus planes se torcieron y menos de un año después Sisi dio el golpe. Es evidente que Sisi no hubiera dado este paso si no hubiera contado con el apoyo de Occidente, y más concretamente de Estados Unidos e Israel. Las relaciones de Sisi con Israel vienen de lejos y son estrechas, como lo muestra la actitud del Estado judío de las últimas semanas. En su momento, tras el golpe, llamó la atención que lo primero que hizo Sisi fue destruir cientos de túneles que comunicaban la franja de Gaza, gobernada por Hamas desde 2007, con Egipto, túneles que los palestinos utilizaban para meter en la franja todo tipo de bienes, incluidas armas. El New York Times ha publicado que entre los dirigentes israelíes y los dirigentes egipcios, es decir los militares, hay una “intensa comunicación”. También ha recordado que el poderoso lobby judío AIPAC ha escrito a todos los senadores americanos pidiéndoles que no interrumpan la ayuda a Egipto. De hecho, el 31 de julio tuvo lugar una votación en el Senado con un resultado aplastante a favor de mantener la ayuda. Desde el 3 de julio numerosos países de la región, no solo Israel y Estados Unidos, se han orientado del lado de Sisi. Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos han desembolsado miles de millones de dólares para sostener el nuevo régimen, y tras los trágicos sucesos de mediados de agosto esos mismos países han puesto mucho empeño en hacer público su respaldo también a nivel político. Los saudíes ven con preocupación el islamismo militante de los Hermanos Musulmanes, y en esto también coinciden con Israel. Riad es partidaria de un islam apolítico de tipo salafista, pero no de un salafismo violento, mientras que los Hermanos Musulmanes consideran que tienen mucho que decir acerca del gobierno político que les toca en suerte, algo que claramente molesta a los saudíes. La revolución y la contrarrevolución de Egipto han tenido la virtud de aclarar aun más las cosas en Oriente Próximo en ese sentido, poniendo a cada cual es su sitio. A unos, los salafistas no violentos que sin embargo llevan a cabo una cruenta cruzada contra los chiíes en toda la región, en un lado. Y al islamismo político de los Hermanos Musulmanes enfrente. Y estos últimos son quienes a día de hoy llevan las de perder.
El general Abdel Fattah al Sisi tendrá difícil llevar a cabo el programa que prometió cuando dio el golpe de Estado el 3 de julio en Egipto, que preveía la democracia y la celebración de elecciones en seis meses.

Los trágicos sucesos de los últimos días en El Cairo y en otras localidades egipcias revelan lo difícil que será para el general Abdel Fattah al Sisi llevar a cabo el programa que prometió cuando dio el golpe de Estado el 3 de julio, un plan que en su momento preveía la “democratización” del país y la celebración de elecciones en el plazo de seis meses, pero que conforme pasa el tiempo parece más y más difícil de ejecutar.
Sisi es un general relativamente joven, de 58 años, que fue designado jefe de las fuerzas armadas por el presidente Mohammed Morsi en agosto de 2012, poco después de que éste fuera elegido en la urnas. Seguramente Morsi quería saltarse el anquilosado escalafón mubaraquista y para ello escogió a un general que se confesaba abiertamente musulmán, tal vez pensando que sería más fácil de manejar.
Pero sus planes se torcieron y menos de un año después Sisi dio el golpe. Es evidente que Sisi no hubiera dado este paso si no hubiera contado con el apoyo de Occidente, y más concretamente de Estados Unidos e Israel. Las relaciones de Sisi con Israel vienen de lejos y son estrechas, como lo muestra la actitud del Estado judío de las últimas semanas.
En su momento, tras el golpe, llamó la atención que lo primero que hizo Sisi fue destruir cientos de túneles que comunicaban la franja de Gaza, gobernada por Hamas desde 2007, con Egipto, túneles que los palestinos utilizaban para meter en la franja todo tipo de bienes, incluidas armas.
El New York Times ha publicado que entre los dirigentes israelíes y los dirigentes egipcios, es decir los militares, hay una “intensa comunicación”. También ha recordado que el poderoso lobby judío AIPAC ha escrito a todos los senadores americanos pidiéndoles que no interrumpan la ayuda a Egipto. De hecho, el 31 de julio tuvo lugar una votación en el Senado con un resultado aplastante a favor de mantener la ayuda.
Desde el 3 de julio numerosos países de la región, no solo Israel y Estados Unidos, se han orientado del lado de Sisi. Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos han desembolsado miles de millones de dólares para sostener el nuevo régimen, y tras los trágicos sucesos de mediados de agosto esos mismos países han puesto mucho empeño en hacer público su respaldo también a nivel político.
Los saudíes ven con preocupación el islamismo militante de los Hermanos Musulmanes, y en esto también coinciden con Israel. Riad es partidaria de un islam apolítico de tipo salafista, pero no de un salafismo violento, mientras que los Hermanos Musulmanes consideran que tienen mucho que decir acerca del gobierno político que les toca en suerte, algo que claramente molesta a los saudíes.
La revolución y la contrarrevolución de Egipto han tenido la virtud de aclarar aun más las cosas en Oriente Próximo en ese sentido, poniendo a cada cual es su sitio. A unos, los salafistas no violentos que sin embargo llevan a cabo una cruenta cruzada contra los chiíes en toda la región, en un lado. Y al islamismo político de los Hermanos Musulmanes enfrente. Y estos últimos son quienes a día de hoy llevan las de perder.