El Reino Unido no participará en la guerra de Siria

Antonio Navarro Amuedo :

El presidente de EE UU, Barack Obama, recibía el pasado mes de mayo en la Casa Blanca a su par británico, David Cameron para aumentar la presión sobre el régimen de Bashar al Assad
El presidente de EE UU, Barack Obama, recibía el pasado mes de mayo en la Casa Blanca a su par británico, David Cameron para aumentar la presión sobre el régimen de Bashar al Assad

“Está muy claro que el Parlamento, reflejando la opinión de los británicos, no quiere ver una acción militar (…) Lo he entendido. Y el Gobierno actuará en consecuencia”. Con brevedad y claridad, al borde de las once de las noche -hora aún más intempestiva a orillas del Támesis- David Cameron remataba una larga jornada de debate en la Cámara de los Comunes. Democracia en estado puro. Washington, Moscú y Damasco estuvieron enganchadas a la televisión toda la jornada. La Cámara Baja rechazaba una moción presentada por el Gobierno británico que incluía la intervención militar en Siria después del uso -¿el decimocuarto, según se ha dicho?- de armas químicas contra la población. 285 votos a favor frente a 272 en contra. Se trataba de una votación no vinculante -los Comunes habrían de ser consultados de nuevo antes de una eventual operación militar-, pero altamente simbólica. Cameron, que obligaba a interrumpir a los diputados su descanso estival para acelerar el golpe de la OTAN contra Bashar El Assad, perdía la votación. EE UU intervendrá en solitario en Siria. Está por ver qué otro socio de la OTAN acompaña a Washington en la operación -limitada, a distancia, a medida- contra Bashar El Assad.

“Cameron humillado”. Así titula hoy viernes su portada el ‘Times’. “No a la guerra, golpe a Cameron” reza hoy el titular de portada del ‘Daily Telegraph’, el otro gran diario conservador. El martes Cameron invitaba a sus señorías a abandonar sus vacaciones y votar con claridad una moción para autorizar la participación británica en bombardeos contra el régimen sirio. El miércoles Londres anunciaba el envío de seis cazas Typhoon a la base aérea de Akorirí (Chipre) -situada a 200 kilómetros de la costa siria- como “medida de precaución para proteger los intereses británicos. El ataque parecía inminente. Cameron está convencido de que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas no sirve para mucho y estaba dispuesto a apoyar a EE UU de cualquier manera. Está por ver el daño que el golpe recibido por Cameron ayer tendrá en su liderazgo.

Pero en la víspera de la votación en Londres las palabras del Presidente de EE UU en una entrevista televisiva sonaban a que reculaba. “He llegado a la conclusión de que un compromiso militar directo, participar en la guerra civil en Siria, no ayudará a mejorar la situación sobre el terreno”. Ante la posibilidad de perder la votación en el Parlamento, el miércoles el Gobierno británico matizaba el entusiasmo inicial del primer ministro y anunciaba que buscaría el respaldo de Naciones Unidas antes someter a la Cámara la decisión final. Los acontecimientos han frustrado los planes de Hague y Cameron, que pedía al mundo “no quedarse de brazos cruzados”.

Los ojos del mundo miraban ayer a Londres: Washington, Teherán, Ankara, Jerusalén y Damasco. El presidente del Parlamento sirio enviaba por la mañana una misiva a los diputados británicos para advertirles de las consecuencias de un ataque: “Sumirá a la Siria secular, y al conjunto de la región, en un cataclismo de asesinatos masivos de carácter sectario”. Por supuesto, Bashar: “Siria repelerá cualquier ataque Occidental y aplastará a los terroristas apoyados por Israel” . Prosa similar a la de los regímenes de Saddam y Gaddafi cuando enfilaban el principio del fin.

Llegaba la hora de la verdad. Cameron, bronceado y vehemente, ponía toda la carne en el asador desde su asiento en los bancos verdes a media tarde: “No se trata de tomar partido en el conflicto, ni de invadir Siria; tampoco de cambiar el régimen o de trabajar más estrechamente con la oposición (…) Se tata del uso a gran escala de armas químicas y de nuestra respuesta a un crimen de guerra”. La moción presentada por el Gobierno, reiteraba Cameron, garantizaba que “todo lo que hagamos será legal, proporcionado y dirigido a evitar nuevos usos de armas químicas”. No le serviría de nada. La Cámara de los Comunes no estaba convencida: falta de pruebas sobre la autoría del ataque con armas químicas, reticencias a participar en una nueva guerra en Oriente Medio y salir escaldados, impopularidad de la medida, voluntad de actuar en sintonía con Naciones Unidas, etc. Cameron insistía: “Siria no es Iraq”.

La sombra de Iraq es alargada

Iraq flota en el ambiente como una losa. La gran debacle de Occidente en Oriente Medio. Mesopotamia, cuna de civilizaciones, convertida en némesis contra el imperialismo estadounidense y británico, es parte del subconsciente colectivo. Las comparativas son odiosas y permanentes. Entonces fueron las armas de destrucción masiva que no aparecían por ninguna parte y ahora son las bombas químicas que Naciones Unidas no es capaz de certificar quién lanzó. En 2003 caía un dictador del Partido Baaz, Sadam Hussein, autócrata -y asesino de la población kurda de Halabja en 1988 con armas químicas- y hoy la OTAN y la Liga Árabe esperan que caiga el último eslabón del partido panárabe y socialista de la región. El fin de un orden que se derrumba en Oriente Medio. “Al final no hay certeza al 100 por cien de quién es responsable del uso de las armas químicas”, admitía Cameron horas antes de ser derrotada su iniciativa por la Cámara de los Comunes.

La calle no quiere más guerras en Oriente Medio. Los británicos se han cansado de ver féretros envueltos en la Union Jack procedentes de Iraq y Afganistán durante años. Quieren que su Gobierno se centre en resolver sus obligaciones domésticas -ponga en orden las cuentas y mejoren sus economías- y no gaste un penique ni una vida más en guerras que ni les van ni les vienen. Las imágenes festivas de los londinenses asomados al Támesis para saludar a las tropas victoriosas de las guerra de las Malvinas en la primavera de 1982 son hoy inimaginables. La guerra ya no es ‘cool’. Obama lo sabe: en tono coloquial y franco, el Presidente estadounidense lo anticipaba en una entrevista televisiva en la víspera: “Podemos tomar medidas limitadas y a medida, sin vernos arrastrados en un conflicto largo, no una repetición de Iraq, que sé que la gente está preocupada por ello”.

Washington no tardaba en reaccionar a la decisión de la Madre de los Parlamentos. Aviso a navegantes: “Cuando el presidente tome una determinación sobre la respuesta apropiada, lo haremos en solitario”, advertía Josh Earnest, portavoz de la Casa Blanca. “EE UU seguirá consultando al Reino Unido decisiones, uno de nuestros más aliados más estrechos”, admitía. ¿Dejarán de contar con el Reino Unido a partir de ahora en Washington? Era una de las preguntas más recurrentes ayer en debates y análisis.

“Estoy decepcionado. Creo que el uso de armas químicas merece una respuesta clara y fuerte”, aseguraba Philip Hammond, secretario de Estado para la Defensa, en la BBC al terminar la sesión parlamentaria. Decisión histórica: la “relación especial” entre Reino Unido y EE UU queda en entredicho.

La jornada de ayer fue una clase de ciencias políticas en toda regla. La decisión del Parlamento británico no modificará sustancialmente los planes de EE UU. Tampoco está claro que vaya a mejorar la situación en Siria, donde la barbarie alcanza tonos apocalípticos -no después del horrendo ataque con armas químicas de esta semana, sino desde 2011-, habrían muerto más de 120.000 personas. Pero constituye una lección profunda de democracia, un Gobierno que pregunta al Parlamento si puede ir a la guerra y que es desautorizado por los representantes de la soberanía nacional -incluidos diputados de los partidos de la propia coalición del Ejecutivo- en sintonía con la calle. El futuro de Siria y de Oriente Medio depende ahora -como casi siempre- de Washington.