Los Mohameds y los Jordis

7º de Michigan/FidelRaso./ Inicio mi opinión sobre el referéndum de Cataluña con un llamamiento a la serenidad a todas las partes en litigio. Francamente, no me gusta escribir del tema porque creo que ya se ha dicho (de) todo y poco ha servido. Lo más claro y así lo deben entender los independentistas pro referéndum (ilegal) de Cataluña es que, según la ley que nos ampara a todos, sus hechos, que no sus ideas, no se ajustan a la actual Constitución, un marco legal por el que muchos ciudadanos lucharon durante años y hasta algún siglo atrás. Hoy participo desde otro punto de vista, como es el de la inmigración, más con la voluntad de reflexión común relajada que de polemizar para sumar tensión a la cosa.

Veamos. Creo que hay tres palabras que han marcado a nuestras últimas generaciones y son guerra, sufragio y voto. Muertes, muchas muertes detrás de esas tres palabras terribles que pueden empujar a la confrontación o a la convivencia.

Si “guerra” es una palabra temida por todos, “sufragio” no lo parece tanto y “voto” tiene una carga connotativa relacionada con “libertad” que puede no serlo. Entre las tres ahora se incrusta la palabra “Estado” y la ecuación puede funcionar…, o no.

El elector que vota debería reflexionar con calma y hacerse en su fuero interno una serie de preguntas que incluso pueden tener difíciles respuestas del tipo ¿por qué se vota?, ¿para qué se vota? Y lo más importante, ¿por qué unos pueden votar y otros no?

En Cataluña se ha pasado de la “sanción penal y el voto” a “el voto con sanción penal”. Francamente de locos. La primera también conocida como “voto obligatorio” estuvo aplicada en muchos lugares de la Europa del siglo pasado, como Suiza y Bélgica, con multas para los que se abstenían. Ahora hemos cruzado el Rubicón y las sanciones (económicas) son para los que votan. España, una democracia constitucional obligada a sancionar a los que votan porque han vulnerado leyes democráticas emanadas de una Carta Magna. Me sumo a la opinión de expertos en derecho que señalan que “sin referéndum pueden lograrse los efectos que con él se persiguen, y de hecho se logran (…) y son un elemento circunstancial y variable de la política. Desmitificarlo pues puede ser adecuado”.

Y citaba al comienzo la inmigración porque aporta un elemento de debate intenso en el Estado, y si cruzamos, siguiendo mi voluntariosa intención de lo expuesto anteriormente, con “el voto” y “el referéndum” el cóctel puede ser explosivo.

En noviembre del 2011 el entonces candidato a las Elecciones Generales del momento por Convergencia i Unió (CiU) Duran i Lleida declaraba a Televisión Española lo siguiente: “Me preocupa que haya muchos Mohameds que no se integran en el país”, para añadir que eso “no era racismo” sino “un problema”. El pre candidato ponía un ejemplo situado en Cataluña: “en la comarca del Baix Empordá nacen más Mohamed que Jordis o Josés”.

Bueno, bueno…, eso de que no se “integran en el país” puede ser tan confusamente intencionado que dudo mucho de que lo despejara  con sus conocimientos de semiótica el mismísimo Umberto Eco. Puede que los señores del certificado de “integración” hayan saltado a los Fernández, Pérez, López y mil demonios más que en su momento pertenecieron a generaciones que hicieron la España de la que hoy quieren salir. Deben y debemos reflexionar y alejarnos del conflicto subjetivo de “integración”. Buscar lugares comunes para los Fernández y los Jordis, no sea que el próximo día 1 de octubre el voto de un Mohamed en no se qué circunstancias legales genere un problema que nadie desea. Aquí con la presente Constitución cabemos todos, porque si no como decía la letra de una canción de Víctor Manuel “no cabe ni dios”. Y eso último no me gusta nada de nada.

Fotografía; Documentación inmigrante. FR.